La motricidad se divide en dos tipos, gruesa y fina, en función de los tipos de grupos de músculos que se implican en el movimiento que se realiza.
La motricidad gruesa son las capacidades motoras de una persona en las que están involucrados grupos musculares grandes, que permiten hacer movimientos en los que se activa todo el cuerpo o gran parte de una extremidad, como por ejemplo gatear, caminar, saltar, escalar, montar en bicicleta, nadar y otros muchos más.
Este tipo de motricidad empieza a desarrollarse a temprana edad, hacia las primeras semanas de vida del bebé.
Su desarrollo es continuo aunque, en caso de no ponerse en práctica o de realizarse ejercicios cuyo objetivo sea el de mejorar esta capacidad, no se da una pérdida de la motricidad gruesa.
No obstante, lo habitual es que se dé un progresivo desarrollo de estas capacidades a lo largo de toda la vida, incluso en la etapa adulta.
La motricidad fina aquí se implican grupos musculares pequeños, los cuales, mayormente, se encuentran en las manos, especialmente en las muñecas y dedos.
Esta capacidad es destacable en la especie humana, dado que se posee un alto control de los movimientos de los dedos de las manos, permitiendo agarrar objetos, escribir, tocar el piano o hacer gestos.
Las habilidades finas se van desarrollando a lo largo de la vida de todo el individuo, pudiéndose mejorar y aprender nuevos movimientos en prácticamente cualquier edad de la persona, siempre y cuando no hayan lesiones físicas ni a nivel cerebral.
En la etapa preescolar el niño es capaz de cerrar y abrir la mano haciendo diferentes combinaciones con los dedos.
Así el niño puede aprender a usar las tijeras, pintar con lápices, abotonarse la camisa y coger objetos de forma más certera.